Platón (1997) El Fedro. En Diálogos, Madrid, Gredos, pp. 309-413.
Ficha 1 El Fedro
Porque nunca el alma que no haya visto la verdad puede tomar figura humana. Conviene que, en efecto, el hombre se dé cuenta de lo que le dicen las ideas… Por eso, es justo que sólo la mente del filósofo sea alada, ya que, en su memoria y en la medida de lo posible, se encuentra aquello que siempre es y que hace que, por tenerlo delante, el dios sea divino.
Así que, como se ha dicho, toda alma de hombre, por su propia naturaleza, ha visto a los seres verdaderos, o no habría llegado a ser el viviente que es. Pero el acordarse de ellos, por los de aquí, no es asunto fácil para todo el mundo, ni para cuantos, fugazmente, vieron entonces las cosas de allí, ni para los que tuvieron la desdicha, al caer… hacia lo injusto, viniéndoles el olvido del sagrado espectáculo que otrora habían visto. Pocas hay, pues, que tengan suficiente memoria. Pero éstas, cuando ven algo semejante a las de allí, se quedan como traspuestas, sin poder ser dueñas de sí mismas, y sin saber qué es lo que les está pasando, al no percibirlo con propiedad. De la justicia, pues, y de la sensatez y de cuanto hay de valioso para las almas no queda resplandor alguno en las imitaciones de aquí abajo, y sólo con esfuerzo y a través de órganos poco claros les es dado a unos pocos, apoyándose en las imágenes, intuir el género de lo representado… sin el estigma que es toda esta tumba que nos rodea y que llamamos cuerpo, prisioneros en él como una ostra.
Platón (1969). Obras completas. Libro X. Madrid, Aguilar, pp. 828-844.
Creo, pues, querido amigo, que en esta cuestión hemos de opinar así: cuando alguno nos anuncie que sabe de un hombre conocedor de todos y cada uno de los oficios, e incluso con más perfección que cualquier otro hombre, convendrá responderle que ha sido víctima de su simpleza y que, según parece, ha caído en el engaño de un encantador o de un imitador, a quien él estimó como muy sabio por no ser capaz de distinguir debidamente la ciencia, la ignorancia y la imitación…
… Todos los poetas, y Homero el primero, son imitadores de apariencias de virtud y de esas otras cosas sobre las que ejercen su trabajo? ¿Diremos, acaso, que no alcanzan la verdad y que repiten el ejemplo del pintor al que nos referíamos, el cual hace algo que parece un zapatero y, sin saber lo que hace, presenta su obra a los que, como él, no entienden de zapatería y se deslumbran tan sólo por los colores y los signos externos?
… El primero de esos hombres dirá al otro, con conocimiento de causa, cuáles son las características de una buena o mala flauta; y el otro asentirá y pondrá manos a la obra….
El hacedor de un objeto, pues, tendrá un recta creencia acerca de su bondad y de su maldad; no en vano convive con el que le conoce y viene obligado a oírle. Pero el que utiliza ese objeto habrá de tener conocimiento de él….
El imitador adquirirá el conocimiento de que hablamos no de otro modo que con el uso que hace de las cosas. ¿Y sabrá si son bellas y perfectas o no, o tendrá una justa opinión de ellas por la conversación que mantenga con el entendido, así como por las instrucciones que reciba sobre lo que ha de pintar?...
Bien se ve, entonces, que el imitador no sabrá ni llegará a tener una recta opinión acerca de las cosas que imita y en cuanto a su belleza o a su maldad…
Pues sí que puede darse buen tono ese imitador careciendo, como es verdad, de conocimiento sobre su obra…
Pero, a pesar de todo, continuará realizando su plan aun sin conocer lo que encierra cada cosa de bueno o de malo. Al parecer, se contentará con imitar lo que resulta hermoso para la mayoría, insensata desconocedora de todas las cosas…
Queda, pues, demostrado de manera suficiente que el imitador no tiene un conocimiento profundo de las cosas que imita, con lo cual convierte su arte imitativo no en algo serio, sino más bien en algo infantil.
Caravaggio
Durero
Hansel Adams
Ingres




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